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El otro día, sin escribir ni una palabra, estuve un buen rato inventando gente que no existe. No abrí el portátil, no cogí ninguna libreta, ni siquiera dejé una nota rápida en el móvil. Simplemente me dejé llevar, como quien se sienta en la butaca de un cine interior y se limita a ver pasar escenas que no han ocurrido nunca, protagonizadas por personas que solo están vivas en mi cabeza.
Todo empezó con algo muy sencillo: una caminata imaginaria. No era un gran viaje ni un escenario épico, solo un paseo por la montaña, de esos en los que el silencio suena más fuerte que cualquier canción. En ese paseo, que no dejaba de ser un recuerdo mezclado con deseos, apareció un personaje que se parecía sospechosamente a mí. No tenía nombre, o al menos yo no se lo di. Lo único que sabía de él era que había salido a caminar por la misma razón por la que yo me siento muchas veces a escribir: porque necesitaba encontrarse.
Durante un rato, me limité a seguirle los pasos. Lo vi avanzar por un sendero estrecho, escuchando el crujido de las piedras bajo sus botas, mirando de reojo el valle que se abría a un lado. No tenía prisa, pero tampoco sabía muy bien adónde iba. Y en algún punto del camino, como ocurre tantas veces en los relatos y en la vida, algo apareció en su camino. No diré qué era exactamente, porque esa es la semilla del relato que quizá escriba algún día, pero sí diré que no era una piedra ni un animal ni un paisaje: era una pista, una especie de mensaje del mundo dejada en mitad de la nada.
A partir de ahí, todo se volvió más interesante. Empecé a preguntarme quién demonios había dejado esa pista ahí, qué historia personal escondía detrás y, sobre todo, qué tenía que ver con el propósito de mi personaje. Porque esa es la clave: no me interesaba tanto el objeto en sí como la forma en que le obligaba a mirarse por dentro. Cada vez que le veía detenerse, tocarlo, darle vueltas, estaba viendo a alguien enfrentarse a la misma pregunta que yo me hago cuando llevo tiempo desapegado de la escritura: “¿Qué hago con lo que encuentro en mi camino? ¿Lo ignoro o dejo que me cambie?”.
Lo curioso es que, cuanto más imaginaba esa situación, menos ganas tenía de escribirla en ese momento. No por pereza, sino por cuidado. Sentía que la idea estaba aún tierna, como una masa que acaba de mezclarse y todavía necesita reposar antes de meterla en el horno. No quería correr a “publicarla” en ningún sitio, ni siquiera en mi libreta. Quería disfrutar del proceso de imaginar sin sentir que tenía la obligación de convertirlo en algo terminado.
También me pasó algo que hacía mucho que no me ocurría: empecé a jugar con las posibilidades. Y si el personaje no se encontraba solo con esa pista, sino con una historia entera que pertenecía a otra persona. Y si, al ir descubriéndola, se daba cuenta de que esa otra persona buscaba exactamente lo mismo que él. Y si la verdadera pregunta al final no era “qué ha pasado aquí”, sino “qué hago yo con esto ahora”. Todo eran “y si”, una cadena de hipótesis que abrían puertas en lugar de cerrarlas.
En ningún momento saqué papel ni pantalla. Me limité a caminar mentalmente a su lado, a escucharle pensar sin que dijera una palabra en voz alta. Fue como reencontrarme con una parte de mí a la que tenía medio olvidada: esa parte que disfruta inventando vidas ajenas, problemas que no son míos y decisiones que nunca tomaré, pero que, de alguna manera, me ayudan a entender mejor las que sí tengo que tomar. Volví a sentir ese pequeño cosquilleo de cuando una idea se te queda pegada y sabes que, aunque no la escribas hoy, va a seguir visitándote.
Hubo un momento, eso sí, en el que apareció el viejo miedo: “Si cuento demasiado, me van a robar la idea”. Esa especie de reflejo de protección que tenemos muchos cuando algo nos importa. Por eso, en este artículo no estoy revelando el corazón del relato, ni los detalles del objeto, ni el desenlace. Me quedo en la superficie deliberadamente. Lo que sí quiero compartir es la experiencia de volver a disfrutar del simple hecho de imaginar, sin prisa por publicar, sin necesidad de demostrar nada, sin más público que yo mismo.
Porque al final, lo verdaderamente valioso de ese rato no fue construir mentalmente un relato de ocho páginas, más o menos medido y razonable, sino darme cuenta de que el motor seguía ahí. Que todavía puedo inventarme personajes, tramas y situaciones que me acompañan durante un paseo, una ducha o una noche de insomnio. Que todavía hay algo dentro que se activa cuando una historia asoma la cabeza. Y que quizá, solo quizá, ese sea el primer paso para encontrarme de nuevo: dejar que esas historias vuelvan a llamarme, aunque al principio solo sea en silencio y sin escribir ni una palabra.
Abrazo
Mr Kai Hill
Foto de Rahul: https://www.pexels.com/es-es/foto/cerrar-foto-bombilla-de-luz-de-ofg-716398/

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