La Sombra que me enseñó a escribir
Hay libros que lees y libros que te cambian. Y luego está La Sombra del Viento.
Tengo que confesar que cuando me lo recomendaron, yo no era lo que se dice un gran lector. Apenas leía nada y, desde luego, no estaba al tanto del mundo editorial más allá de los cuatro títulos que resuenan en todas partes. Vivía en una época un tanto extraña, en la que mi vida, como la etiqueta de esta sección, era un poco ajena al mundo. Me sentía desconectado, y quizás por eso, cuando alguien puso ese libro en mis manos, sentí la curiosidad de abrir una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.
Mi primer encuentro con él fue puramente físico. Al sostenerlo, sentí su peso, el grosor de sus páginas, y pensé: "esto no me lo leo yo en poco tiempo". Era una novela que imponía, un bloque macizo de papel que parecía prometer un viaje largo y denso. Qué equivocado estaba.
No sé si fueron un par de semanas o quizá menos, pero la realidad es que lo fulminé. Desde la primera página, La Sombra del Viento me absorbió de una manera que ninguna otra lectura había conseguido antes. No era un libro, era un imán de letras, un torbellino que me arrastró por completo a esa Barcelona de neblina y misterio. Era una historia principal que escondía mil historias dentro, como un juego de muñecas rusas literario, y yo no podía parar. Quería saber más, necesitaba desentrañar cada secreto que Zafón había tejido con tanto mimo.
Fue una lectura poderosa, un viaje emocional en toda regla. Me reí a carcajadas, me emocioné hasta la médula, sentí el vértigo de sus revelaciones y, finalmente, sentí rabia. Una rabia profunda y extraña al comprobar que las páginas se agotaban, que ese mundo estaba a punto de cerrarse para mí. Y cuando llegó, fue una hostia a mano abierta.
No por la conclusión de la trama, que es magnífica, sino por lo que me provocó a mí. Fue en ese preciso instante, con el libro ya cerrado, cuando me di cuenta de todo. La bofetada fue la epifanía más clara y dolorosa de mi vida: yo quería hacer eso. Yo quería escribir como Zafón. Esa era mi meta.
Desde luego, nunca lo seré, ni lo pretendo. Sería un necio si lo intentara. Pero Carlos Ruiz Zafón se convirtió en ese momento en mi referencia, en el faro que me guía cuando me siento perdido entre mis propias palabras. Y sé que no estoy solo en esto; su maestría es una inspiración para millones de lectores, la verdad sea dicha.
A día de hoy, hay muchas cosas de esa novela que permanecen intactas en mi memoria. Y una de ellas, por supuesto, es la famosa carta. No voy a describirla ni a dar más detalles, porque todavía hay gente que no ha tenido la suerte de leerla, y no seré yo quien le arruine el descubrimiento. Solo diré que es una de esas genialidades que te reconcilian con la literatura. Y qué decir de los personajes: son impresionantes, llenos de vida, de luz y de oscuridad. Quizás alguno un poco más desesperante que otro, lo cual, seamos sinceros, está genial. Los hace humanos.
La Sombra del Viento fue, para mí, mucho más que un libro. Fue el despertador que necesitaba.

Nunca sabes qué libro te va a despertar como escritor, pero bienvenido sea el que sea. A mí me despertó un autor, Ray Loriga. Escuchándolo hablar en una presentación descubrí que estaba tardando mucho en ponerme a escribir. Ahora ya no es un sueño, es mi día a día. Felicidades por tu entrada y no pierdas la ilusión.
ResponderEliminarMuchas gracias Mayte por la visita. La verdad es que no he leído a Ray Loriga así que lo anotaré para leerlo. Me encanta que me recomienden autores que todavía no he leído, siempre se aprende algo.
Eliminar¡Saludos!